INTELIGENCIA ARTIFICIAL: OPORTUNIDAD Y RIESGO EN LA PRÁCTICA LEGAL.

07/07/2026
Neus Guerrero Vall

Máquinas que ayudan, decisiones que siguen siendo nuestras.

Hace apenas unos años hablar de inteligencia artificial en el despacho sonaba a ciencia ficción, o como mucho a un futuro lejano que no nos tocaría gestionar a nosotros. Hoy es otra cosa: la IA se ha instalado en nuestra actividad diaria con una rapidez que, honestamente, pocos anticipamos. Redactamos borradores con su ayuda, buscamos jurisprudencia, resumimos expedientes voluminosos en minutos, preparamos escritos y hasta esbozamos estrategias procesales apoyándonos en herramientas que hace poco ni existían. Ha pasado de ser una curiosidad para convertirse, para muchos de nosotros, en parte del método de trabajo.

Y sin embargo, precisamente porque se ha integrado tan rápido, conviene pararse un momento a pensar en lo que implica.

El riesgo de la comodidad

La primera cautela que quiero señalar es la más evidente: el riesgo de la dependencia. Cuando una herramienta nos ahorra horas de trabajo, es tentador dejar que piense por nosotros, no solo que nos ayude a pensar. Hay una diferencia sustancial entre usar la IA para agilizar una búsqueda o pulir una redacción, y delegarle el criterio jurídico que constituye, en realidad, el núcleo de nuestra profesión. Un informe generado sin supervisión, una cita jurisprudencial no verificada, un argumento que suena convincente pero que nadie ha contrastado: estos no son riesgos hipotéticos, son errores que ya se han dado y que seguirán dándose si perdemos la costumbre de revisar lo que la máquina nos entrega.

La ética profesional no admite atajos. El secreto profesional, la confidencialidad de los datos de nuestros clientes, el deber de diligencia: nada de esto se suspende porque la tecnología sea nueva o vaya rápido. Al contrario, exige de nosotros un plus de responsabilidad. Usar la IA con las cautelas necesarias significa, entre otras cosas, saber qué información introducimos en estas herramientas, entender sus limitaciones y no renunciar nunca a la revisión humana final. La firma sigue siendo nuestra, y con ella, la responsabilidad.

 

¿Menos litigios? Depende de cómo la usemos

Dicho esto, no comparto la visión meramente alarmista que a veces se instala en el gremio. Creo, y sé que no todos mis compañeros coinciden conmigo en esto, que a la larga la inteligencia artificial puede contribuir a reducir la litigiosidad. No porque sustituya el criterio jurídico, sino porque bien empleada permite anticipar riesgos, detectar cláusulas problemáticas antes de que generen un conflicto, simular escenarios y ofrecer al cliente una valoración más rápida y fundamentada de sus opciones antes de embarcarse en un procedimiento. Un asesoramiento preventivo más ágil y accesible puede evitar litigios que, de otro modo, habrían acabado en los tribunales simplemente por falta de tiempo o de recursos para estudiar bien el caso a tiempo.

Sé que hay quien opina justo lo contrario: que la facilidad para generar escritos y argumentos puede animar a litigar más, no menos, y que la falsa sensación de seguridad que da una herramienta que responde con aparente solvencia puede llevar a plantear pleitos que un análisis humano más pausado habría desaconsejado. Es un debate legítimo y probablemente el tiempo nos dará más pistas que las que tenemos ahora. Pero mi intuición, después de ver cómo estas herramientas ya están cambiando la fase de estudio previo de muchos asuntos, es que el efecto neto será positivo si sabemos usarlas bien.

Una oportunidad de igualdad entre despachos

Hay un tercer elemento que me parece, si cabe, el más relevante desde un punto de vista social: la inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta de igualdad entre despachos grandes y pequeños. Durante años, la capacidad de análisis masivo de documentación, de investigación jurídica exhaustiva o de gestión eficiente de expedientes complejos ha sido, en la práctica, un privilegio de las firmas con más recursos, más personal y más presupuesto tecnológico. Un despacho pequeño o un profesional que ejerce en solitario simplemente no podía competir en volumen de trabajo procesable.

Eso está cambiando. Hoy, con un coste muy inferior al que suponía antes montar un departamento de documentación o de análisis, un despacho pequeño puede acceder a capacidades de investigación y redacción que hace pocos años eran solo alcance de las grandes firmas. Esto no iguala todo, por supuesto: la experiencia, el criterio y la relación de confianza con el cliente siguen marcando la diferencia. Pero sí nivela una parte del terreno de juego que durante mucho tiempo ha estado profundamente desequilibrado, y eso, para quienes creemos en una abogacía accesible y plural, es una buena noticia.

 

Conclusión: 

No creo que debamos acercarnos a la inteligencia artificial ni con entusiasmo acrítico ni con rechazo defensivo. Es una herramienta, poderosa y todavía en construcción, que exige de nosotros formación, criterio y una ética profesional reforzada, no relajada. Usada con las cautelas debidas, puede ayudarnos a trabajar mejor, a prevenir conflictos antes de que estallen y a dar a los despachos más pequeños una oportunidad real de competir. Usada sin control, puede convertirse en una fuente de errores y de una dependencia que erosione precisamente lo que da valor a nuestra profesión: el criterio propio. La diferencia, como casi siempre en derecho, estará en cómo la apliquemos.